Marjan Aleksic: San Serafín de Sarov: la vida ascética y la adquisición del Espíritu Santo. Un camino hacia la verdadera alegría cristiana

12-02-2026 18:00:53
24 минута

     La Iglesia Ortodoxa celebró recientemente, el 15 de enero, la fiesta de San Serafín de Sarov [1]; con motivo de la memoria de este gran santo y amigo de Dios, volví a tomar en mis manos su vida y la leí atentamente. Esa lectura me llevó a una reflexión más profunda sobre la dureza, pero también sobre la grandeza de la vida ascética que llevó el anciano de Sarov, así como sobre el sentido y la importancia del ascetismo y de la lucha espiritual para el cristiano de hoy.

     Este texto es fruto de esas reflexiones y consideraciones teológicas: un intento de iluminar, a través de la figura y la enseñanza de San Serafín, un camino que no pertenece solo al pasado, sino que sigue siendo un camino vivo de la Iglesia también en nuestros días.

I. El ascetismo como camino de transfiguración
La sinergia entre la gracia de Dios y el esfuerzo humano

     La ascesis y la vida ascética constituyen un concepto fundamental de la espiritualidad ortodoxa, la palabra “ascesis” (ἀσκησις), en su significado original, designa el ejercicio, la práctica, y la configuración interior del hombre. Sin embargo, la ascesis nunca ha sido comprendida como un mero esfuerzo humano, ni como una técnica autosuficiente de perfeccionamiento. En la comprensión ortodoxa, la ascesis es ante todo la respuesta del hombre a la llamada de Dios, el consentimiento libre para entrar en el camino de la transfiguración. El hombre aporta su esfuerzo, pero ese esfuerzo permanece estéril sin la gracia de Dios. Precisamente en esta cooperación —en la sinergia entre la voluntad humana y la gracia divina— nace el verdadero crecimiento espiritual. Por eso la vida ascética no es solo obra del hombre, sino una obra común de Dios y del hombre, en la que el esfuerzo humano es transformado y fortalecido por la acción del Espíritu Santo.

     En el ejemplo de la vida de San Serafín de Sarov podemos contemplar con especial claridad las etapas de la vida espiritual y los grados progresivos de la vida ascética. Aunque él no fue un hombre ordinario, ni simplemente uno entre los muchos monjes y ascetas, sino una figura única y extraordinaria en toda la historia de la Iglesia cristiana, su camino revela, sin embargo, leyes generales y permanentes del crecimiento espiritual. La vida de San Serafín muestra que la ascesis no nace de una vez ni como un salto repentino hacia la perfección, sino como un camino gradual: de la obediencia a la soledad, de la lucha contra las pasiones a la adquisición de la gracia, de la purificación del corazón a la deificación. En su persona se reúnen diversos grados de la experiencia ascética, que permiten leer su vida no solo como la hagiografía de un santo, sino como un esbozo vivo del camino de la transfiguración espiritual.

Monasterio de Sarov en el siglo XIX

 

     La ascesis, como esfuerzo de toda la vida, exige una preparación larga y sobria. Ya siendo novicio, San Serafín recibió la bendición de su padre espiritual, el padre José, para retirarse de vez en cuando al bosque, donde construyó una humilde cabaña. En esa soledad se entregaba a la oración, a la contemplación y a la lectura de la Sagrada Escritura en silencio, así, el gran asceta comenzó ya en los días de su noviciado su preparación interior para la futura vida eremítica. Esta elección temprana de la soledad revela que el amor por el desierto y por la hesiquía no fue fruto de un desarrollo espiritual tardío, sino una inclinación profundamente arraigada en su corazón desde los primeros días de su vida monástica.

     ¿Cómo se desarrollaba esta preparación? El joven novicio, futuro asceta, no entraba en el desierto a la ligera ni sin un verdadero armamento interior, con especial atención leía la vida de los grandes ascetas, en las que encontraba no solo ejemplos de santidad, sino también descripciones sobrias de las duras luchas espirituales que se alzan en el camino de la vida ascética; a través de los combates y de las tentaciones de los santos Padres expuestos en las hagiografías, Prójor iba conociendo gradualmente todas las dificultades de la ascesis que se proponía asumir. Esa literatura no era para él una simple consolación piadosa, sino una guía espiritual práctica que lo preparaba para lo que le aguardaba en la soledad del desierto.

     De manera particular se preparaba para la lucha contra los espíritus del mal, contra los demonios, esos enemigos más feroces y astutos del asceta. Sabía que en el desierto no libraría solo un combate contra las debilidades del cuerpo, sino ante todo una lucha invisible contra las fuerzas de las tinieblas, en la que las únicas armas serían la oración, la humildad y la gracia de Dios.

     San Serafín se retira al desierto en el año 1794, dieciséis años después de su llegada al monasterio, ya como un hieromonje experimentado. Este paso no fue un abandono repentino de la vida de su monasterio, sino la culminación natural de una larga preparación interior y de un crecimiento gradual en la ascesis. Es necesario, además, comprender qué se entendía en la tradición monástica rusa por el término «desierto». No se trataba de desiertos en el sentido geográfico de la palabra, como los que conocemos en Oriente Próximo, sino de lugares despoblados y solitarios, en lo profundo de las inmensas selvas rusas, a menudo de difícil acceso y casi intransitables. Precisamente esa soledad del bosque se convertía para los ascetas rusos en el equivalente espiritual del desierto egipcio. Aunque las condiciones naturales eran diferentes, el espíritu de la vida ascética permanecía idéntico, los eremitas rusos no abandonaban el mundo en busca de una soledad exterior, sino en busca del desierto interior del corazón, donde el hombre se encuentra con Dios y consigo mismo; su ascesis estaba inspirada en la experiencia de los Padres egipcios —Antonio el Grande, Macario el Grande, Arsenio el Grande— y llevaba el mismo fin: la purificación del corazón, la adquisición de la gracia y la lucha incesante contra los pensamientos y contra los demonios.
Así, en el bosque ruso continuaba la tradición espiritual del desierto egipcio. La geografía cambiaba, pero el espíritu ascético seguía siendo el mismo: una vida de soledad, de oración y de sobriedad vigilante, como un camino ininterrumpido hacia Dios. En ese marco, San Serafín inicia una nueva etapa de su camino ascético, que se desarrollará gradualmente a través de varias fases: la vida eremítica, el reclusorio, el silencio y, finalmente, la paternidad espiritual.

     Al entrar en la amada soledad del desierto, san Serafín se entregó a una ascesis estricta y total. Hoy nos resulta difícil conocer todas las luchas que sostuvo en aquella soledad. El desierto es siempre un lugar de misterio: lo que en él sucede permanece oculto a las miradas humanas. Sin embargo, a partir de los relatos posteriores que el santo confió hacia el final de su vida a personas espiritualmente cercanas, podemos formarnos al menos una imagen general de su vida interior y de la gravedad de las batallas espirituales que tuvo que afrontar.

     Su actividad principal era la oración, y en el centro de su vida orante se encontraba la Oración de Jesús. En ella continuaba y en él mismo revivía la antigua tradición hesicasta de Oriente, que precisamente en el siglo XVIII conocía una especie de renovación en el monaquismo ruso. Esta renovación no fue un hecho casual. Gracias a los esfuerzos del venerable Paisio Velichkovski y de su escuela, volvieron a entrar en Rusia los textos clásicos del hesicasmo reunidos en la Filocalía, que Paisio tradujo al eslavo eclesiástico.
Por medio de esta traducción, la experiencia espiritual de los Padres egipcios, palestinos y bizantinos —Macario el Grande, Isaac el Sirio, Gregorio el Sinaíta, Gregorio Palamás— se hizo accesible a una nueva generación de ascetas rusos. San Serafín leía la Filocalía precisamente en este contexto y asimilaba la enseñanza hesicasta no como una teoría, sino como un método vivo de transformación interior. La Oración de Jesús no era para él una simple fórmula piadosa, sino un camino de recogimiento del intelecto en el corazón, de purificación del corazón y de introducción gradual en el estado de oración incesante del corazón y de la mente. Por eso, la oración no era para san Serafín una actividad particular separada del resto del día, sino la forma misma de su existencia. La invocación incesante del Nombre de Cristo se convertía en el modo de reunir la mente, purificar el corazón y situar a todo el ser ante Dios en un estado de vigilancia silenciosa y sobriedad espiritual. En este sentido, su ascesis no fue una experiencia personal aislada, sino parte de un movimiento espiritual más amplio: el retorno del monaquismo ruso a las fuentes de la tradición hesicasta, en el que la herencia antigua de Oriente cristiano volvió a enraizarse en la vida de la Iglesia.

II. El desierto y la lucha invisible
Oración, hesicasmo y combate espiritual

     Además de la oración, dedicaba una gran parte de su tiempo a la lectura y al estudio de la Sagrada Escritura y de las obras de los Santos Padres. Amaba de manera particular los escritos patrísticos de carácter ascético: las obras de san Juan Clímaco, de los santos Barsanufio y Juan, de san Efrén el Sirio y de san Isaac el Sirio. Para él, como para los ascetas de todos los tiempos, estos textos no eran una simple literatura espiritual, sino guías seguras en el combate espiritual, una experiencia probada de la Iglesia que enseña a reconocer las trampas diabólicas, a adquirir el discernimiento y a crecer paso a paso en la virtud.

     Sin embargo, no descuidaba el trabajo físico. En primavera y verano trabajaba en su pequeño huerto, donde cultivaba las verduras necesarias para la alimentación más humilde. Más tarde añadió a ello también el trabajo en el colmenar. Este esfuerzo no era solamente un medio de subsistencia, sino también parte de la ascesis, una forma de mantener el cuerpo en obediencia al espíritu y de conservar mediante el trabajo humilde, el equilibrio interior entre la oración y la acción.

 

     Así, en el desierto de san Serafín se unía aquello que siempre ha sido propio del ascetismo ortodoxo: la oración y la lectura, el silencio y el trabajo, la lucha interior y la sencillez exterior — como un único camino de purificación del corazón y de preparación para los grados más altos de la vida espiritual.

     Aunque estaba sumergido en una profunda hesiquía, san Serafín nunca interrumpió su vínculo vivo con su monasterio y con la vida litúrgica de la Iglesia, para él, el desierto no era una huida de la Iglesia, sino una profundización de la vida en ella. En la víspera del domingo y de las grandes fiestas acudía al monasterio para la vigilia, y el domingo por la mañana, en la Liturgia temprana, comulgaba en la iglesia hospitalaria de los santos Zósimo y Savatio. En este ritmo de vida se revela una de las verdades más profundas de la espiritualidad ortodoxa: la oración ascética y hesicasta no se opone a la vida litúrgica, sino que de ella brota y a ella retorna. La oración personal en el desierto no era un sustituto de la Eucaristía, sino su prolongación en la soledad, mientras que la Liturgia permanecía como fuente y medida de toda su ascesis. Del monasterio traía el pan que le servía de alimento para toda la semana, y a ello añadía las verduras que él mismo cultivaba en su huerto: patatas, remolacha, cebolla. Esta alimentación sencilla formaba parte del mismo orden espiritual: una vida de sobriedad, vigilancia interior y acción de gracias, y a medida que su ascesis y oración se hacían cada vez más fervorosas y profundas, iba endureciendo gradualmente también el ayuno. La continencia corporal no era un fin en sí mismo, sino el acompañante natural de la oración de la mente y del corazón, un modo de conducir el cuerpo a la concordia con el espíritu y de preparar a todo el ser para una permanencia cada vez más silenciosa y profunda ante Dios.

     El anciano Serafín atravesó sin duda, en el desierto, innumerables pruebas y supo esquivar las múltiples trampas demoníacas que los enemigos espirituales tienden a los ascetas. El desierto ha sido siempre no solo lugar de silencio y de oración, sino también campo de batalla de una guerra invisible, en la que el hombre se enfrenta a las fuerzas de las tinieblas y a su propia fragilidad humana, por la vida del santo sabemos que el diablo, en su combate espiritual contra el padre Serafín, utilizó de modo particular el miedo como su arma principal. El demonio procuraba turbar al asceta, hacerlo vacilar en su esfuerzo y forzarlo a abandonar la lucha espiritual, apoyándose precisamente en aquello que es connatural al ser humano: el temor ante lo desconocido, ante la soledad y ante un peligro posible. Pero el santo no se entregó a esta tentación, resistía a las fuerzas demoníacas con el signo de la cruz y con la oración incesante, sabiendo que en esta guerra invisible la victoria no se alcanza por la valentía humana, sino por el poder de Dios; en ello su ascesis se inscribe con claridad en la antigua tradición del desierto. Un ejemplo semejante lo hallamos en la vida de san Antonio el Grande, quien, rodeado de visiones y ataques demoníacos, resistía al miedo mediante el signo de la cruz y la invocación del Nombre de Cristo. Así, en la figura de san Serafín se prolonga el mismo paradigma espiritual que, desde el desierto egipcio hasta los bosques de Rusia, testimonia una misma verdad: que el miedo es una de las armas principales del enemigo, mientras que la cruz y la oración son las armas más poderosas del asceta.

     En el desierto, san Serafín asumió una de las hazañas ascéticas más rigurosas y conmovedoras de toda su vida: la permanencia orante durante mil días y mil noches sobre una roca. En la oscuridad de la soledad del bosque, arrodillado con los brazos alzados hacia el cielo, elevaba cada noche una ardiente súplica al Señor, mientras que durante el día continuaba el mismo combate espiritual sobre una roca más pequeña situada cerca de su humilde cabaña. Interrumpía la oración únicamente para tomar el alimento más indispensable y concederse un breve descanso. Este prolongado y extremado ejercicio de oración, que duró íntegros mil días y mil noches, puede llamarse con justicia una «oración sangrienta». No por la sangre derramada, sino por el sacrificio interior, por una perseverancia que rozaba los límites últimos de la naturaleza humana. En este combate, el asceta de Sarov manifestó una fe inconmovible y una constancia extraordinaria en la lucha invisible contra el príncipe de las tinieblas, permaneciendo ante Dios como una ofrenda viva de oración. Con este ascetismo, se inscribe claramente en la antigua tradición monástica siríaca y en la hazaña espiritual de san Simeón el Estilita, quien durante cuarenta y seis años sostuvo el combate espiritual sobre la cima de una columna. Aunque las formas exteriores eran distintas —uno sobre un pilar, el otro sobre una roca—, el espíritu del combate era idéntico: la permanencia perseverante ante Dios, como signo de entrega total a Su voluntad y como testimonio de que la verdadera lucha no se libra con el cuerpo, sino con el corazón.

 


     Sin embargo, el fin de semejante ascetismo nunca fue el agotamiento del cuerpo por el mero hecho de sufrir. San Serafín realizó este duro ejercicio durante un tiempo limitado, porque comprendía profundamente que es insensato extenuar el cuerpo hasta el punto de extenuar con él también el espíritu. Por ello, según un discernimiento interior, abandonó este combate sobre la roca, guardando la justa medida entre el celo y la sobriedad espiritual, no obstante, las consecuencias de este severo ascetismo permanecieron, a causa de la prolongada permanencia de pie y del esfuerzo extremo, reapareció en él una grave enfermedad de las piernas, que lo acompañaría hasta el final de su vida terrena. Así, este gran combate de oración se convirtió no solo en la cumbre espiritual de su período en el desierto, sino también en un sello permanente de sufrimiento que llevó en su propio cuerpo como testimonio de su total entrega a Dios.

III. Del silencio a la paternidad espiritual
El nacimiento del starechestvo

     Como última hazaña espiritual de su vida eremítica, el padre Serafín asumió la ascesis del silencio, el voto de silencio. Este consistía en interrumpir por completo toda comunicación con los hombres y en dejar de recibir visitantes, cuando alguien llegaba al desierto, él no salía de su celda y si en el bosque se encontraba con alguna persona, se postraba con el rostro en tierra y permanecía así hasta que el otro se hubiese marchado. Así, el anciano guardó silencio ante los hombres, pero dialogaba incesantemente con Dios.

     Esta ascesis no fue una huida de los hombres por desprecio, sino la forma más profunda de recogimiento interior, en la que toda palabra humana se retiraba ante la Palabra de Dios.
La ascesis del silencio duró dos años completos. Después de quince años pasados en el desierto, por obediencia al nuevo hegúmeno Nifonte, en el año 1810 el padre Serafín regresó al monasterio. Pero tampoco allí abandonó el camino de la soledad extrema. Al contrario, inició una fase nueva y aún más severa de su vida ascética: la reclusión. Durante cinco años permaneció en reclusión en su celda, sin recibir a nadie y sin ser visto por nadie. En esa reclusión se entregó con particular fervor a la lectura de la Sagrada Escritura, en el transcurso de una sola semana, el santo leía íntegramente el Nuevo Testamento, viviendo en un diálogo incesante con la Palabra de Dios.

     Al término de aquellos cinco años, el bátiushka [2] abrió las puertas de su celda — pero no abrió su boca, los visitantes podían verlo, pero él no entablaba conversación con nadie; así continuó todavía otros cinco años en la ascesis del silencio, profundizando en sí mismo aquel estado espiritual interior que nace únicamente en la máxima recogida del alma. Y entonces, el gran luminar espiritual abrió también su boca. Comenzó a recibir a los hombres, a hablar con los monjes y con los visitantes, a dar consejos y enseñanzas espirituales. Se inició una nueva y última etapa en la vida espiritual del asceta de Sarov -el stárchestvo -[3], el ministerio de anciano espiritual — en la que los frutos de todos sus esfuerzos ascéticos anteriores se convirtieron en un don para miles de almas humanas.

 

     Esta interrupción del reclusorio no fue fruto de una decisión humana, sino obediencia a la voluntad de Dios. Por la bendición de la Santísima Madre de Dios, que se le apareció en sueño el 25 de noviembre de 1825 junto con san Clemente de Roma y san Pedro de Alejandría (la cuya memoria se conmemoraba aquel día), el padre Serafín recibió el mandato de abandonar el reclusorio y abrirse a los hombres. Este momento posee un significado teológico profundo. El stárchestvo en la tradición ortodoxa no nace del talento ni de la erudición, sino del silencio. No se adquiere por la palabra, sino por una larga permanencia ante Dios en la quietud. Sólo aquel que primero ha aprendido a callar ante Dios puede después hablar verdaderamente a los hombres. El silencio de san Serafín no fue vacío, sino recogimiento. En esos años de voto de silencio y de reclusión se fue formando poco a poco en él aquel estado interior de discernimiento sin el cual no existe una verdadera dirección espiritual.

     Porque el stárchestvo no es transmisión de conocimientos, sino transmisión de vida; no es dar consejos, sino participar en la salvación del otro. Por eso es natural que precisamente del silencio nazca la palabra y que del reclusorio nazca el stárchestvo. La palabra del anciano tiene peso sólo cuando ha sido purificada por un largo silencio ante Dios. Lo que durante años maduró en la quietud debía ahora, por voluntad de la Santísima Madre de Dios, convertirse en don para los demás. Así se cumple en la vida de san Serafín una de las leyes más profundas de la vida espiritual: quien primero aprende a escuchar a Dios, recibe autoridad para hablar a los hombres. Y precisamente aquí comienza la última y más fecunda fase de su vida ascética y monástica: la fase de la paternidad espiritual, en la que los frutos de todos los silencios anteriores se convertirán en consuelo y guía para miles de almas.

     Con el comienzo del stárchestvo aparece también aquella palabra por la cual san Serafín llegará a ser reconocido en toda la ecúmene ortodoxa: «¡Alegría mía…!». Así se dirigía a todo hombre que se acercaba a él — sin distinción de origen, educación, posición social o pasado pecaminoso. Esta palabra no era una cortesía exterior ni una fórmula habitual de saludo monástico. Era el fruto de todo su camino interior. Del silencio, del reclusorio, de los mil días de oración en pie, de las luchas invisibles y de la paciencia, había brotado un corazón capaz de reconocer en cada hombre la imagen de Dios. Al llamar a cada uno «alegría», san Serafín no halagaba al hombre, sino que confesaba su fe en lo que el hombre puede llegar a ser en Cristo. Esta palabra era testimonio de que en él ya habían sido vencidos el miedo, el juicio y la soberbia, y que en su lugar había llegado el amor que «todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera» (1 Co 13, 7). En esta sencilla forma de dirigirse se halla concentrada toda su antropología espiritual: el hombre no es ante todo un pecador, sino un hijo de Dios llamado a la filiación; no es una carga, sino una alegría; no es un problema que resolver, sino un misterio que amar. Así, en la palabra «¡Alegría mía…!» se revela que el stárchestvo de san Serafín fue ante todo un stárchestvo de amor — un amor que pasó por el silencio, por la cruz y por la ascesis, para convertirse finalmente en consuelo para todos los que acudían a él.

     Esa palabra «Mi alegría…» no estaba aislada ni se bastaba a sí misma. En los labios de san Serafín, ella iba casi siempre unida al saludo pascual pleno: «¡Cristo ha resucitado, mi alegría!». En este saludo se revela el fundamento más profundo de toda su espiritualidad. Para san Serafín, la vida cristiana no era ante todo lucha, ni un recuerdo incesante del pecado, sino una existencia vivida a la luz de la Resurrección. No decía «Mi alegría» por un optimismo natural, sino desde la fe pascual en que Cristo ha vencido a la muerte y que todo hombre está llamado a participar de esa victoria. Al llamar al hombre «alegría» y confesar inmediatamente: «Cristo ha resucitado», unía en una sola frase la antropología y la cristología, el amor al hombre y la fe en la Resurrección. El hombre es alegría precisamente porque Cristo ha resucitado; el hombre es alegría porque la muerte ya ha sido derrotada y el pecado ya no tiene la última palabra. Así, el saludo de san Serafín no era una fórmula piadosa, sino una verdadera confesión de todo el misterio pascual. En él se manifiesta que toda su ascesis, todos sus silencios, toda su lucha en el desierto y todos sus padecimientos tenían un único fin último: que el hombre ya aquí, en la tierra, gustara la alegría del siglo venidero. Por eso puede decirse que el stárchestvo de san Serafín fue, en su esencia más profunda, un stárchestvo pascual. Él no introducía a los hombres en el miedo, sino en la alegría; no los encerraba en el sentimiento de culpa, sino que los abría a la esperanza; no los ataba a su propia persona, sino que los remitía siempre a una sola verdad: Cristo ha resucitado — y por eso todo hombre es alegría, mi alegría.

IV. La adquisición del Espíritu Santo y la verdadera alegría cristiana
El fin último de la vida cristiana

     El culmen del stárchestvo de san Serafín y uno de los momentos más profundos de toda la historia de la espiritualidad ortodoxa es su conversación con Nikolái Aleksándrovich Motovílov. En ese diálogo, que tuvo lugar en el silencio del bosque invernal, el anciano de Sarov formuló con palabras sencillas, pero de una precisión extrema, aquello que se halla en el mismo centro de la vida cristiana. A la pregunta de Motovílov acerca de en qué consiste el verdadero fin de la vida cristiana, san Serafín respondió con palabras que se han convertido en una de las formulaciones más célebres de la teología ascética ortodoxa: «El verdadero fin de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo de Dios». Con estas palabras no disminuye la importancia de la ascesis, del ayuno, de la oración y de las buenas obras, sino que las sitúa en su lugar propio. Todas las prácticas ascéticas, todas las renuncias y todos los esfuerzos de oración tienen sentido únicamente en la medida en que conducen a un solo y único fin: a que el Espíritu Santo habite en el corazón del hombre. La ascesis no es un fin en sí misma, sino un medio; la lucha no es la meta, sino el camino; el esfuerzo no es la recompensa, sino la preparación para el don. En esto se manifiesta la profunda diferencia entre el moralismo y la vida espiritual. Para san Serafín, el cristianismo no es un sistema de reglas, sino una vida en el Espíritu Santo. No se trata simplemente de que el hombre evite el mal y haga el bien, sino de que en él se establezca progresivamente y llegue a habitar el mismo Dios.


     Por eso explica a Motovílov que la adquisición del Espíritu Santo se reconoce por la paz interior, por la alegría, por el silencio del corazón, por la luz que llena al hombre. Y precisamente en ese momento del diálogo, cuando el Anciano habla de la acción del Espíritu, su rostro se transfigura y Motovílov queda inundado por una luz increada, como testimonio vivo de que aquello de lo que se habla no es teoría, sino realidad experimentada. Así, el encuentro con Motovílov no es solo una enseñanza sobre el fin de la vida cristiana, sino una verdadera epifanía del Espíritu Santo, una revelación de que el hombre está verdaderamente llamado a convertirse ya en esta vida en partícipe de la luz divina.

    Y es justamente aquí donde se cierra todo el camino de san Serafín:

Del desierto al stárchestvo,
del silencio a la palabra,
del ascetismo al don,
de la lucha a la alegría.

     Todo lo que durante años había edificado en la soledad se manifestó ahora en una única verdad:
que el sentido de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo y la vida en la luz de la Resurrección.

Conclusión

     La vida ascética de san Serafín de Sarov revela al hombre contemporáneo una verdad que quizá hoy es más necesaria que nunca: que la esencia de la vida cristiana no se encuentra en la actividad exterior, sino en la transfiguración del corazón. En un mundo en el que el hombre vive apresurado, disperso y sobrecargado de innumerables informaciones, la vida de Serafín testimonia que la vida verdadera nace en el silencio, en el recogimiento y en el permanecer ante Dios. Su ascesis nos enseña que el cristianismo no es ante todo un sistema moral ni una tradición cultural, sino una llamada a un encuentro personal con el Dios vivo. Ni el ayuno, ni la oración, ni las buenas obras tienen valor por sí mismos, si no conducen a aquello que san Serafín llamó el único fin verdadero: la adquisición del Espíritu Santo. En esto se esconde también el remedio contra la crisis espiritual contemporánea, que con frecuencia sustituye la vida interior por una piedad meramente exterior.

     Para el cristiano de hoy, inmerso en las tensiones y fragmentaciones del siglo XXI, san Serafín sigue siendo testigo de que la santidad es posible también en nuestro tiempo; de que no está reservada a los desiertos de los siglos antiguos, sino que puede nacer en el corazón del hombre que vive en medio del mundo contemporáneo. Él nos enseña que el miedo se vence con la oración, que la inquietud se cura con el silencio, que la dispersión se transfigura en recogimiento, y que el vacío se llena con la presencia del Espíritu Santo.

     Finalmente, nos enseña también que el fruto último de la ascesis es la alegría. No una consolación psicológica, sino la alegría pascual del hombre que sabe que Cristo ha resucitado y que la muerte ya no tiene la última palabra. Por eso, su «Cristo ha resucitado, alegría mía» sigue dirigido hoy a cada uno de nosotros como una llamada: a no contentarnos con la forma exterior de la fe, sino a emprender el camino de la transfiguración interior, el camino que conduce a la paz del corazón, a la luz del Espíritu Santo y a la alegría que no pasa.


[1] San Serafín vino al mundo en el año 1759 en la ciudad de Kursk, recibiendo en el santo Bautismo el nombre de Prójor. Nació en el seno de la acomodada familia comerciante Moshnin. Su padre, Isidoro, además de dedicarse al comercio, se ocupaba también de la construcción de templos, mientras que su madre, Agatía Fotiévna, era una cristiana profundamente creyente y verdadero ejemplo de virtud. Desde su juventud, Prójor sintió el llamado a la vida monástica. Antes de tomar la decisión definitiva, se dirigió a Kiev para venerar las santas reliquias de los padres ascetas en la Laura de las Cuevas de Kiev. Allí, en el desierto de Kitaevo, recibió la bendición y el consejo del clarividente stárets Dositeo, quien le indicó que ingresara en el desierto de Sarov. Obedeciendo este consejo espiritual, el joven Prójor cruzó en 1778, en la víspera de la fiesta de la Entrada de la Santísima Madre de Dios en el Templo, el umbral del monasterio de Sarov, donde comenzó su ascesis como novicio. Aquel humilde joven llegaría a ser el gran santo —San Serafín de Sarov— cuyo nombre glorificaría para siempre a la santa morada de Sarov y a toda la Iglesia rusa.

[2] En la tradición ortodoxa rusa, bátiushka es el modo habitual y cariñoso de dirigirse al sacerdote. La palabra significa “padre” o “padrecito” y subraya su papel como guía espiritual y padre en la fe, no simplemente como ministro del culto.

[3] Stárchestvo (del ruso старчество) designa la tradición espiritual ortodoxa del acompañamiento y la guía personal ejercidos por un stárets (“anciano espiritual”). El término procede de starý (“anciano”) y no alude a la edad biológica, sino a la madurez espiritual, al discernimiento y a la experiencia en la vida ascética y de oración.

 

Dr. Marjan Aleksic, teólogo ortodoxo