Marjan Aleksic: La Ortodoxia — vida de la Iglesia, inmutable a lo largo de los siglos, y camino de sanación

17-01-2026 19:40:24
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            Viviendo durante muchos años en un entorno cristiano, pero no ortodoxo, con frecuencia me preguntaban: ¿qué es la Ortodoxia? ¿y cuándo y cómo surgió?

            La dificultad de esta cuestión no reside en la imposibilidad de ofrecer una respuesta precisa, sino en el esfuerzo por que dicha respuesta sea clara y concreta, sin que suene estrechamente confesional ni sea percibida como pretenciosa u ofensiva por quienes proceden de otras tradiciones cristianas.

            La Ortodoxia no puede explicarse mediante una sola definición ni reducirse a una fórmula, porque no es una idea que se acepta, sino una vida que se asume. Y, sin embargo, consciente del riesgo de caer en la simplificación, me atrevo a compartir algunas reflexiones personales sobre la Ortodoxia —no como una exposición teórica de lo aprendido en las escuelas teológicas, sino como el testimonio de una fe recibida de mis antepasados y que procuro vivir.

Foto: interior de la iglesia votiva de San Sava en Vračar el Viernes Santo, fuente: fragmento de foto de spc.rs

Foto: interior de la Catedral de San Sava en Vračar el Viernes Santo, fuente: fragmento de foto de spc.rs

 

¿Qué es la Ortodoxia?

            La Ortodoxia no es una religión nueva, ni una más entre las múltiples ofertas religiosas del mundo contemporáneo. No surgió en un determinado momento histórico como respuesta a una crisis, ni es fruto de una idea humana o de una reforma. La Ortodoxia se revela como la vida misma de la Iglesia, nacida el día de Pentecostés por la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles; una vida que, desde los tiempos apostólicos hasta hoy, fluye de manera ininterrumpida, permaneciendo fiel al mismo Espíritu, a la misma fe y a la misma experiencia del encuentro con Cristo vivo. En su sentido más profundo, la Ortodoxia no es ante todo un sistema de enseñanzas, sino un modo de vida. No comienza con normas, sino con una Persona: Jesucristo, el Dios-Hombre, que no quedó encerrado en el pasado, sino que permanece hoy vivamente presente en la Iglesia, congregando en torno a Sí a quienes buscan la verdad y el sentido de la vida.

            En la Ortodoxia, el encuentro con Jesucristo, Dios-Hombre, no es una vivencia espiritual aislada ni una experiencia religiosa privada, separada de la comunidad. Este encuentro se realiza en la Iglesia y a través de la Iglesia, porque la Iglesia no es solo la comunidad de quienes creen en Cristo, sino el Cuerpo de Cristo, el lugar de su presencia viva y operante en la historia. El Cristo que la Ortodoxia testimonia no es una figura de un pasado lejano, de la que simplemente se habla o a la que nos podemos dirigir mentalmente, sino Aquél que reúne, alimenta y transfigura a su Iglesia. A través de la vida litúrgica, de los Santos Misterios, de la oración y de la confesión común de la fe, el ser humano no permanece solo ante Dios, sino que es introducido en el ámbito en el que Cristo mismo actúa y se entrega.

Foto: Icono del Sinaí de Cristo Todopoderoso (siglo VI), Wikimedia.org

Foto: Icono del Sinaí de Cristo Todopoderoso (siglo VI), Wikimedia.org

            Al Cristo de la Tradición ortodoxa se le reconoce con particular claridad cuando contemplamos el rostro del Cristo del Sinaí. Al contemplar este icono ortodoxo, el más antiguo conservado, no nos encontramos con una representación artística ni con una reconstrucción histórica, sino con un testimonio iconográfico de la fe de la Iglesia, un intento de expresar en forma visible el inefable misterio del Dios-Hombre. El rostro del Cristo del Sinaí revela precisamente aquello que la Ortodoxia confiesa: la unidad de las dos naturalezas en una sola Persona. En Él, la naturaleza divina y la humana están unidas sin confusión ni división. Esta verdad no se explica mediante conceptos, sino que se muestra en el rostro. En el icono se perciben la mansedumbre y la severidad, la cercanía y la trascendencia, la misericordia y el juicio, no opuestas, sino como una armonía que supera la comprensión humana. Un lado del rostro revela a Cristo cercano al ser humano, que en su naturaleza humana comparte su debilidad y su dolor; el otro lo manifiesta como Pantocrátor, Señor de la gloria y Juez de la historia. Esta diferencia no es casual ni meramente decorativa, sino una expresión iconográfica de la fe de la Iglesia en que Cristo no es solo hombre o un Dios lejano, sino el Dios-Hombre, Aquél en quien el cielo y la tierra se encuentran sin anulación ni confusión.

            Por ello, el icono del Cristo del Sinaí no es un objeto de estética piadosa, sino un camino de conocimiento de Dios. Enseña que Cristo no puede ser comprendido de manera unilateral ni reducido a categorías humanas. Así como en Él no se separan las dos naturalezas, tampoco en la vida de la Iglesia se separan la fe y la vida ni el dogma y la oración ni la teología y la experiencia litúrgica.

 

La Iglesia como espacio de vida y sanación

            El ser humano vive las consecuencias del pecado ancestral como una herida interior profunda. La naturaleza humana caída lleva en sí la experiencia de la mortalidad, la enfermedad, la corrupción y la alienación: de Dios, de los demás y de sí mismo. La muerte no es solo un hecho biológico, sino el signo de la desintegración interior del ser humano, consecuencia de la ruptura de la comunión con la Fuente de la vida.

            Precisamente en este espacio del mundo caído entra el Dios-Hombre, Jesucristo. Él no se acerca al ser humano como un juez que pronuncia una sentencia ni lo contempla desde fuera, sino como un Médico que desciende hasta la profundidad misma de la enfermedad humana. Por eso, la Ortodoxia no concibe a la Iglesia como una institución que juzga al hombre, sino como una comunidad en la que continúa, en la historia, la presencia sanadora de Cristo.

            La Iglesia es el lugar en el que el ser humano no queda reducido a un transgresor que ha infringido una ley, sino que es reconocido como un ser herido, que ha perdido el equilibrio interior, la libertad y el sentido de su vocación dada por Dios. El pecado no se comprende únicamente como una culpa que exige castigo, sino como una herida que requiere sanación. La salvación, por tanto, no es una mera justificación jurídica, sino la restauración integral del ser humano —del alma y del cuerpo. Por ello, el gran Padre de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, enseña que «la Iglesia no es un tribunal, sino un hospital» (Homiliae de poenitentia, PG 49, 277-282).

Foto: fragmento de un icono de San Juan Crisóstomo, Rublev, Galería Tretiakov, fuente: icon-art.info

Foto: fragmento de un icono de San Juan Crisóstomo, Rublev, Galería Tretiakov, fuente: icon-art.info

            Esta sanación se realiza en la vida litúrgica de la Iglesia. En la Liturgia, el Dios-Hombre Cristo no es una idea que se invoca, sino una Persona viva que se entrega. A través de los Santos Misterios, de la oración común y de la asamblea eucarística, el ser humano entra en un ámbito en el que es sanado progresivamente de la mortalidad, del egocentrismo y de todas las pasiones, y aprende de nuevo a vivir en comunión y en amor.

            Por ello, en la Ortodoxia la salvación no se entiende como un acontecimiento instantáneo ni como un acto único, sino como un camino: un camino de transfiguración, de purificación del corazón y de retorno gradual del ser humano a Dios, a sí mismo y a los demás. Es un proceso largo y paciente de sanación espiritual, de curación de las pasiones y de las heridas interiores que se han ido acumulando a lo largo de la vida.

            La meta de este camino no es simplemente una "vida mejor" ni el perfeccionamiento moral, sino la deificación (theosis): la comunión eterna del ser humano con Dios en el amor y la libertad. Es un itinerario que dura toda la vida, en el que el hombre, permaneciendo en la Iglesia, es transfigurado poco a poco por la Gracia Divina, aprendiendo a vivir, ya no desde la muerte, sino desde la vida que le es dada en Cristo.

            La sanación que se realiza en la Iglesia no se limita pues, al ámbito de la corrección moral o del consuelo interior, sino que alcanza su plenitud en la Santa Eucaristía. En ella, el ser humano no se encuentra solo con una enseñanza o con una predicación acerca de Cristo, sino con Cristo mismo, que se entrega como verdadero alimento y verdadera bebida de vida. La Eucaristía es, por ello, el corazón de la vida litúrgica de la Iglesia y la expresión más profunda de su carácter sanador.

            Precisamente por eso, San Ignacio de Antioquía, llamado el Teóforo, denomina a la Santa Eucaristía «medicina de inmortalidad» (φάρμακον ἀθανασίας): un remedio que no elimina únicamente los síntomas particulares de la condición caída, sino que sana la raíz misma de la mortalidad humana. En la Eucaristía, el ser humano recibe el Cuerpo y la Sangre de Cristo y es introducido así en la comunión con Aquél que ha vencido a la muerte y ha abierto el camino hacia la vida eterna.

            Esta sanación no es un acto mágico ni la abolición inmediata de la muerte corporal, sino una transformación del modo de existir. Quien participa en la Eucaristía comienza ya a vivir la vida del siglo venidero. La muerte permanece como realidad biológica, pero pierde su carácter definitivo y su dominio: ya no es un final, sino un tránsito.

            Por ello, la Eucaristía es inseparable, en la Ortodoxia, del camino de la sanación espiritual. No es una recompensa para los perfectos, sino un remedio para los débiles; no es la confirmación de una justicia ya alcanzada, sino un don de la gracia que fortalece al ser humano en la lucha contra el pecado y las pasiones. En la Santa Eucaristía, la naturaleza humana caída en el hombre es sanada y deificada progresivamente, porque el hombre, por la gracia del Espíritu Santo, llega a ser partícipe de la naturaleza humana deificada de Cristo.

            A la luz de todo ello, la Iglesia se revela verdaderamente como un hospital de vida, y la Eucaristía como su medicina más preciosa. Por medio de ella, el ser humano no solo es curado de las heridas del pecado, sino que es preparado para la plenitud de la vida en el Reino de Dios, donde aquello que ahora se vive en el misterio, será manifestado en la gloria.

Foto: fresco "Comunión de los Apóstoles", Iglesia del Rey, Studenica, fuente: blagofund.org

Foto: fresco "Comunión de los Apóstoles", Iglesia del Rey, Studenica, fuente: blagofund.org

 

Los Santos Padres – la voz viva de la Tradición

            La Ortodoxia se custodia y se transmite a través de la Santa Tradición viva, y sus testigos más fieles y claros son los Santos Padres de la Iglesia. Ellos no fueron teóricos de la fe ni pensadores que hablaran de Dios desde fuera, sino hombres que vivieron la fe como una experiencia personal y, a la vez, eclesial y sinodal. Mediante la oración, el ascetismo y la vida litúrgica alcanzaron un verdadero conocimiento de Dios; por ello, la Iglesia los reconoce no solo como maestros, sino también como guías seguros en el camino de la salvación.

Foto: El emperador Constantino y los Santos Padres del Primer Concilio Ecuménico con el símbolo de la fe que les fue traído, Wikimedia.org

Foto: El emperador Constantino y los Santos Padres del Primer Concilio Ecuménico con el símbolo de la fe, Wikimedia.org

            En sus obras y en su testimonio sigue viva la fe de los apóstoles, no como una repetición del pasado, sino como una realidad siempre presente en la vida de la Iglesia. Los Santos Padres muestran cómo el Evangelio puede vivirse en las diversas circunstancias históricas y culturales, sin traicionar la verdad ni perder el amor. Dan testimonio de que es posible permanecer fieles a Cristo y, al mismo tiempo, ser verdaderos pastores, verdaderos seres humanos y auténticos testigos de su tiempo.

            Por ello, la Ortodoxia no es una fe de interpretaciones individuales ni una religión de convicciones privadas, sino una fe sinodal y patrística. En los Santos Padres, la Iglesia reconoce la voz viva de la Tradición: una voz que no pertenece al pasado, sino que habla también hoy. Ellos son la prueba viva de que la Tradición no es un legado muerto, sino la vida misma de la Iglesia que fluye incesantemente, con el mismo Espíritu, la misma fe y esperanza en Cristo, ayer y hoy, y por los siglos.

 

Dr. Marjan Aleksić, teólogo ortodoxo

Foto de portada: Fresco "La curación del ciego de nacimiento", Patriarcado de Peć, fuente: fragmento de material de blagofund.org

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